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Jerusalen (6): El monte de los olivos

Nos habían avisado que la celebración del Sabbat supone el cierre de muchas tiendas, restaurantes… a la puesta de sol del viernes, que es cuando consideran que comienza el día siguiente. Pero no esperábamos contemplar la paralización completa de la ciudad a las dos de la tarde. Nos encontrábamos en la céntrica calle Jaffa cuando se acercaba la hora clave y vimos cómo la gente inundaba las tiendas de comida del mercado, las pastelerías, panaderías, los pequeños super… Alguien nos dijo que en diez minutos cerrarían todo, todo. Y así ha sido. Apenas nos ha dado tiempo a comprar unos bollos, que han sido nuestra comida, sentados en la terraza de un bar mientras recogían. No había tranvía, ni autobuses, solo algunos taxis. Toda la ciudad parada y en poco tiempo convertida en una ciudad vacía. Nos hemos ido caminando hacia la ciudad vieja, donde, según nos han dicho, permanecen muchos sitios abiertos, salvo en el Barrio Judío.

Nos hemos quedado conversando sobre cómo unos preceptos religiosos pueden marcar y detener toda la vida de una gran ciudad en el siglo XXI. Pero esto es Jerusalén. El resto de Israel dicen que es diferente y más aún Tel Aviv, que ya es una ciudad totalmente abierta y mediterránea.

Los judíos más ortodoxos han ido imponiendo y extendiendo sus normas y prohibiciones para marcar toda la vida de Jerusalén, una ciudad asociada al integrismo religioso. Para nosotros, que pertenecemos a una generación de españoles nacidos en el oscuro nacional-catolicismo, nos es muy difícil comprender cómo una sociedad moderna, con 30.000 $ de renta per cápita, puede tener toda su vida determinada por la religión. Los preceptos religiosos marcan sus horarios, fijan cómo vestirse, las modas, incluso la combinación de tejidos, señalan alimentos autorizados o prohibidos, incluso las recetas de cocina (ahhh, la comida kosher). Marcan la música, las lecturas, la televisión y los media, las relaciones familiares, la elección de pareja, las relaciones sexuales, por supuesto la educación… y sobre todo determinan estrictamente cómo celebrar el Sabbat. Este tipo de relación de la religión con la sociedad es totalmente medieval. Este mismo poder tenía la Iglesia en España, ¡pero en el siglo trece!

Para completar la jornada, nada mejor que acercarnos hasta el Muro para observar los rituales, rezos y ceremonias de los más ortodoxos, con sus vestimentas, sus aderezos y su parafernalia. Con total respeto y casi odebeciendo la prohibición de tomar fotos, nos hemos adentrado en medio de la multitud de trajes negros. Unos grupos repetían salmos, otros cantaban unidos de la mano, otros giraban en círculo. Cada uno pertenecía a su grupo que unificaba su propia ceremonia. Algunos ejecutaban algún tipo de danza en un corro. Se saludaban, reían y transmitían una sensación de disfrutar de la alegría del iluminado. A veces he sentido una especie de miedo. Los fanáticos pueden hacer cualquier cosa, porque dios siempre está de su parte. Inician guerras, apoyan invasiones, bendicen asentamientos, ejecutan ataques de castigo… todo se hace en nombre de un dios que les dio esta tierra y les pertenecerá hasta el fin de los tiempos.

Para tomar un aire más saludable voy a comentar la visita al Monte de los Olivos donde nos han maravillado las vistas de Jerusalén. De una mirada hemos repasado casi toda su historia que está escrita en las piedras que se ven desde aquí arriba. Una buena parte está ocupada por extensos cementerios con austeras lapidas. Para los judíos aquí ha de producirse el Juicio Final y los enterrados aquí mismo quieren ser los primeros para entrar en el cielo o en la Jerusalén celestial. Algunos llevan aquí esperando casi tres mil años. A nuestros pies está el Valle de Josafat, el lugar que a todos nos espera, a todos, aunque de momento no tenemos prisa y seguiremos dando algunas vueltas por el mundo, mientras los dioses de aquí y de allá sean benevolentes con nosotros. Ya vendremos a descansar más tarde.

Autor: Jesús Eloy García Polo

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