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Mis cinco maravillas de la naturaleza: El salar de Uyuny

Siempre asociamos los paisajes bonitos con el verde de las selvas, montañas y bosques otoñales o con el agua de cascadas, ríos y playas de ensueño. El Salar de Uyuny nos rompe los esquemas. Es la belleza de la sencillez, de la monotonía y de la nada. Blanco y azul, separados por la línea del horizonte… y nada más. No hace falta nada más para sorprendernos y quedarnos mirando a un lado y a otro sin decir palabra. Aquí se siente más que nunca la impotencia del fotógrafo. Ninguna fotografía refleja esta inmensidad, ni tampoco puede expresar la sensación que produce la belleza aplastante y sin límites.

Es una superficie de sal de unos 12.000 kilómetros cuadrados, el doble de la extensión de la provincia de Segovia. Son millones de toneladas de sales en capas diversas, con una media de once metros de profundidad. Es la gran reserva mundial de litio, aunque todavía no ha empezado su explotación a gran escala. La extracción es manual, en condiciones durísimas por la intensa luz, el frío y los efectos de la propia sal. No parece que haya muchos mineros millonarios por aquí alrededor.

Salar de Uyuny. Isla de cactus.

Hasta hace unos veinte mil años esta zona del altiplano boliviano estaba cubierta por grandes lagos. Los cambios climáticos fueron desecándolos y dando lugar a varios salares, siendo el de Uyuny el más grande y más conocido, pero hay bastantes más lagunas y cuencas saladas.

En el centro del Salar destaca una isla, Incahuasi o la Isla del Pescado, poblada por cactus gigantes en medio de un paisaje único. En “las playas” se adivinan congeladas las olas de sal que todavía permanecen así desde el pasado verano austral, cuando la superficie del Salar se llena de agua, haciendo muy difíciles las travesías, pero ofreciendo envidiables paisajes sobre el espejo del agua. Lo pudimos ver así cuando lo cruzaron en enero los participantes del Dakar. Los pilotos protestaron duramente porque sentían que sus motores se machacaban por los cientos de kilómetros sobre la sal.

Un todo-terreno circulando por el salar.

Un todo-terreno circulando por el salar.

El viaje hasta Uyuny es duro y sufrido. Se llega en autobús desde La Paz o desde Potosí durante las noches frías del invierno boliviano. Los europeos vamos en nuestro verano y nos sorprendemos de las temperaturas del altiplano en invierno. Cuando llegué la primera vez a Uyuny en plena madrugada, el termómetro del “hotel” marcaba 13 grados bajo cero. Los autobuses no llevan calefacción. No es difícil imaginar la temperatura que se puede alcanzar en su interior en un viaje de ocho o diez horas, durante toda la noche. Se hacen algunas paradas en medio de la noche para calentarse con un poco de sopa de quínoa, en chabolas espectrales. Dos veces he recorrido este “calvario” y, por supuesto, nunca he pasado tanto frío en mi vida. ¿Por qué no hay calefacción? Ah… dicen que no funciona en estas alturas de más de 4000 metros. Tampoco la hay en los todoterrenos que hacen los tours, ni en los “hoteles” donde se “pasa” la noche, porque dormir, dormir… más bien poco. Pero merece la pena, tanto es así que, por las circunstancias de la vida, he recorrido dos veces estos lugares inhóspitos y maravillosos. La primera vez viajaba solo y llegué a asustarme un poco por los efectos de la altitud. Por ironías del destino, mi primera bolsa de hojas de coca, para aguantar el camino por esas alturas, me la dio mi tía Daniela, monja en un convento boliviano. Solo saben a… hojas, pero hay que mantener la pelota en el moflete, porque dicen que funciona. La segunda vez disfruté de un gran recorrido más allá del Salar, por desiertos surrealistas, volcanes y lagunas de colores, con flamencos, geiseres y pozas de aguas calientes en una temperatura mañanera de 15 grados bajo cero.

El Salar y los picos de los Andes.

El Salar y los picos de los Andes.

Los recorridos por el Salar y alrededores se organizan en grupos hasta completar un todoterreno que se lanza por cientos de kilómetros sin caminos ni carreteras, en medio de la nada. Todos llevan sus bidones de gasoil, agua y la mayor parte de la comida… Además hay que ir sobrados de buen humor, disposición para convivir con todo el mundo y capacidad de asombro. La mayor parte es gente joven, de veintitantos… y me sentía casi como un abuelo. Pocos españoles se dejan ver por el altiplano, parece que nos sentimos más atraídos por las pulseritas de la Ribera Maya.

El alojamiento es en los famosos hoteles de sal, porque aquí todo está hecho con bloques de sal. Se cortan, se colocan húmedos y quedan soldados para siempre. De sal son también las mesas, sillas y… hasta las camas. Todo el suelo es natural, de sal, por supuesto. Pero no hay calefacción, solo unos escuálidos troncos de cactus en la chimenea, que apenas calientan al que está delante. Hicimos alguna rápida salida nocturna a contemplar las estrellas, porque es el mejor lugar del mundo para la observación. El espectáculo es indescriptible, pero a 10 grados bajo cero no había posibilidad de fotos lentas de la Cruz del Sur. Inolvidable… porque no se puede decir irrepetible.

El desierto del altiplano.

El desierto del altiplano.

Autor: Jesús Eloy García Polo

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