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Armenia (3): La Armenia rural

Armenia tiene la misma extensión que Galicia, pero, al ser un país muy montañoso, los recorridos se hacen bastante largos. Nunca pesados. Los turistas andamos visitando los monasterios de acá para allá. Simplemente es una buena excusa para ir conociendo el país y sus gentes.

La naturaleza de Armenia es omnipresente y omnipotente, como el dios que tanto quieren. Yereván, la capital, ya está a 1200 metros de altitud, por eso, en cuanto iniciamos un recorrido enseguida nos ponemos por encima de los dos mil metros. Hasta allí encontramos casas y aldeas al lado de la carretera. Son tierras de pastos alpinos, tierras sin árboles pero con prados increíbles. Luego las carreteras se sumergen en valles de una frondosa vegetación de hoja caduca que hace olvidar los calores de la capital.

Los pueblos y ciudades no son lo que el turista espera, pero eso también es parte de la historia de Armenia que vamos desgranando. Apenas se ven casas tradicionales de campesinos o viejas casas de pueblo, que diríamos nosotros. Los pueblos son un mundo de grises y de uralitas que entristecen el paisaje. Todo es gris. El gran terremoto de 1988 destruyó buena parte de la zona norte que hoy hemos visitado. Hizo desaparecer pueblos enteros y casi alguna ciudad por completo. Murieron 50.000 personas. Los efectos son todavía muy evidentes en algunos edificios abandonados no reconstruidos y sobre todo en el tipo de viviendas que después se edificaron con la ayuda internacional. La naturaleza mostró todo su poder. El otro poder, el soviético había dejado barrios enteros horribles de bloques grises de hormigón, extendidos en medio de una naturaleza paradisíaca. Es inconcebible contemplar este tipo de viviendas, deterioradas y cochambrosas, rodeadas de unos verdes casi lujuriosos. La mano del hombre y la naturaleza se contraponen claramente.

El aspecto de los pueblos es muy triste. A ello se suma la dejadez y el abandono de los lugares comunes, los desvencijados camiones soviéticos y los viejos coches Lada que se ven por estas carreteras. Se suma el conjunto omnipresente de las tuberías de gas que aparecen volando por todas partes, suponemos que por los problemas con los terremotos. Y se suma las zonas que tuvieron alguna industria y hoy son amasijo de hierros y de edificios abandonadas…El mundo rural tiene un aspecto triste y gris.

Sin embargo los armenios son muy sufridos y se sobreponen a todo. Además ríen y cantan con cualquier motivo. Ese debe de ser el secreto para la supervivencia. Cuando llegó el terremoto, el país acababa de empezar una guerra con Azerbaiyán para retener la república de Nagorno Karabaj, enclave de mayoría armenia en el país azerí. Estos problemas causaron un gran declive económico que se extendió toda la década de los 90, con una Armenia aislada de sus vecinos. La falta de recursos energéticos obligó a la tala indiscriminada de buena parte de su riqueza forestal. Hoy contemplamos con pena esas grandes extensiones de terreno estepario que conoció tiempos mejores.

Pero la mayor de las penas que habitan el alma de los armenios es la presencia constante del Genocidio, llevado a cabo por los turcos y que provocó la “Gran Diáspora”. Dicen que hay ocho millones de pasaportes armenios repartidos por el mundo. Ya en el viaje de avión conocimos a unos armenios de Madrid, de Pinto, que volvían por su vieja tierra de vez en cuando. Hoy hemos tocado con la mano esa Diáspora. Hemos coincidido con armenios de Argentina, de Líbano, de Egipto…todos eran nietos de quienes habían logrado escapar del Genocidio. El amigo argentino nos decía que él nunca supo nada sobre el Genocidio porque su abuelo se negó siempre a hablar de ello. Reconoce que en el Museo del Genocidio se hartó a llorar.Al igual que ocurre en España, el pasado mal enterrado siempre vuelve.

Autor: Jesús Eloy García Polo

Muévelo

1 Recado

  1. Muy buen recordatorio de lo que pasa por el mundo y análisis…

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