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Así es la vida en el transiberiano (5)

Dia 5: Por fin en Siberia 8 de agosto

A las dos de la mañana hemos cruzado en Los Urales la línea que separa (¿o que une?) Europa y Asia. Era el kilómetro 1.777 del recorrido. De día, dicen que se ve un gran monolito blanco que indica la línea geológica exacta donde la placa europea y asiática se encuentran. Está cerca de Yekaterinburgo, la ciudad donde fueron ejecutados todos los miembros de los Romanov, al comienzo de la Revolución de 1917. Hoy son considerados santos por la iglesia ortodoxa.

Nuestro tren sigue cruzando un paisaje de bosques y estepas, ya monótono para nosotros. Éstas son regiones de gran riqueza mineral, sobre todo gas y petróleo. Pero desde el tren solo divisamos granjas y pequeñas aldeas. El primer tercio de trayecto, hasta el río Obi, fue el de construcción menos costosa, por ser terrenos llanos, firmes y poco pantanosos. La vía es buena y el tren avanza rápido.

Constantemente nos cruzamos con trenes cargados de mercancías de todo tipo. Este mítico Transiberiano se comenzó a construir en 1891, desde ambos extremos a la vez. El primer tren llego a Irkustk en 1898. Por entonces en cada tren viajaba un vagón-capilla, de la iglesia ortodoxa, para que los viajeros cumplieran con sus ritos y para celebrar los oficios en las aldeas donde no había iglesias. Así eran los tiempos hasta 1917.

Ya estamos adaptados a la vida en el tren. ¿Quién habla de aburrimiento en el tren? Nuestras tareas empiezan preparando un buen desayuno. Tenemos paseos y abastecimiento en las paradas. Y no nos falta un divertido rato de gimnasia en el pasillo, para mantener los músculos activos y para entretenimiento de estos rusos tan aburridos. ¡Es un auténtico show! Tenemos nuestra cervecita en el bar, comida con variedad castellana. Tenemos siesta, lectura y veladas con guitarra y armónica, a veces con invitados internacionales. También tenemos nuestro propio licor creado en El Transiberiano “El Jarigüay”, una mezcla casera preparada in situ con whisky, nescafé y nata al modo Bayleys. Si todo viaje es una metáfora de la vida, más aún un viaje largo en tren con momentos, gentes y paisajes tan variopintos.

Cada mañana despertamos sorprendidos de ver donde estamos. Esta es la alegría del viaje, siempre con el buen sabor de encontrarnos en grupo de muy buenos amigos.

Hoy comento:

Cada jornada era una sucesión momentos y anécdotas diferentes. Los días reales no tenían 24 horas. El tiempo oficiall del tren era el de Moscú. Por tanto, había dos horarios. Como viajábamos hacia el Este cada dos días atravesábamos tres husos horarios y nos quitaban casi hora y media diaria. A las tres de la tarde oficial, ya podía estar anocheciendo. Estábamos acumulando un desfase que pesaría al final en nuestros cuerpos.

Cada parada representaba la llegada de un mundo diferente. Descendíamos para ver las caras, los tenderetes, las vendedoras, el aire fresco siberiano. En cada estación veíamos más caras con rasgos asíáticos y menos rusos. Había muchas vendedoras ofreciendo empanadas o pasteles de varios tipos. Nosotros comprábamos pocas cosas y solo si estaban envasadas. Empezamos a ver pescado seco ahumado que estaría presente todo el viaje hasta que lo probamos en el lago Baikal. Nuestros amigos madrileños, que vinieron sin reservas, compraban bastantes cosas en los andenes. Al tercer día casi todos estaban con diarrea…Nuestro botiquín estaba bien provisto de Fortasec , sueros… y al final sobrevivieron.

Cada día había enviado una crónica del viaje desde diferentes lugares con wifi. En el tren eso era imposible. Pensé, junto con Javier, que sería buena idea buscar wifi en alguna parada larga. Bajamos en Yekaterinburgo a las dos de la mañana. No encontramos wifi y, tras dar una vuelta volvimos al tren. ¡Todas las provonitsas nos estaban esperando!. Nada más subir, partió el tren. El susto fue inmenso. Pero la bronca que nos echaron todos fue aún mayor.”¿Dónde íbais?” “¡A esas horas…!”. El tren tenía prevista una parada de 30 minutos, pero como llevaba retraso y no había viajeros decidieron acortarla. Luego estuvimos imaginando que nos hubiéramos quedado en mitad de la noche en plena Siberia y… con las manos en los bolsillos…A partir de entonces decidimos que allá donde cada uno bajara debería de llevar la Visa, el pasaporte, dinero y el móvil. Era el pack de supervivencia siberiana.

Sumábamos cada jornada infinitas anécdotas que hacían que los días pasaran muy deprisa y más aún porque solo tenían 22 horas y media. “Es viajero quien es capaz de transformar las anécdotas de su aventura en un objeto filosófico de interés” (Rodrigo Castro).

Autor: Redacción Cuéllar

Muévelo

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