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Día 5: Lago Seván. El mar de Armenia

La vida de los armenios está ligada a este gran lago que es considerado como “la perla de Armenia”. La realidad es un poco diferente. Hoy tiene algo más de mil kilómetros cuadrados de extensión, aunque hace 100 años alcanzaba los 1500. Se sitúa a dos mil metros de altitud y es el segundo gran lago de zonas altas, tras el Titicaca en Los Andes.

Como cada día, nos hemos acercado hasta allí para ver los Monasterios que se alzan en sus orillas. Ya hemos comprendido bien que los monjes elegían siempre los lugares más privilegiados para sus construcciones. No sólo lo hacían por la belleza natural, sobre todo actuaban así porque en estos emplazamientos solían existir antiguos templos paganos y había que empezar por cristianizar esos lugares sagrados. Eso mismo ocurrió también a orillas de este lago.

El primer mirador del lago nos lo ha ofrecido un extraño cementerio, donde se levantan más de 500 Khachkars, que son grandes estelas de piedra con cruces, grabados simbólicos, relieves bíblicos y geometrías muy parecidas a las que aparecen en las cruces celtas de Irlanda. Hay más de 30.000 de estas piedras por toda Armenia, pero en este cementerio está la mayor concentración. Su antigüedad se extiende desde el siglo primero hasta hoy mismo. Dan ese aspecto tan impactante y diferente a los cementerios. Nos encontramos con alegres paisanas que venden sus tejidos de artesanía entre las losas del cementerio. Todo con naturalidad.

El lago Seván y su entorno son hoy Parque Nacional, pero cuando continuamos descubriendo sus orillas, seguimos nos da por pensar ”!pobre lago!”. Se ha convertido en un lugar de escapada playera para los sudorosos habitantes de la capital. Sus orillas están llenas de todo tipo de cabañas, chiringuitos, aprovechamientos bajo cubierta y las edificaciones más horteras que puedan imaginarse. Nos recuerda nuestra España de los 70, machacando la costa mediterránea sin piedad. Cuando nos llaman la atención los lugares así, tan descontrolados, sucios y desatendidos, ya no nos acordamos de la España de la que venimos, la España de los 70. Las calles estaban sucias, los parques abandonados, aparecían frigoríficos y colchones por los pinares…incluso algo nos queda todavía de aquella época.

En muchos aspectos Armenia nos recuerda a esa España de la transición. También Yereván, la capital, es un cúmulo de despropósitos horteras, con edificios, monumentos y obras públicas faraónicas para gloria de los políticos gobernantes. Contemplando estas barbaridades valoramos mucho más lo que vamos cambiando, con gran esfuerzo, a pesar del partido de la gaviota.

No acaban ahí las tragedias del maravilloso lago. En la época estalinista se concibió un proyecto para aprovechar sus aguas para riegos y energía eléctrica. Diferentes actuaciones con ese propósito rebajaron en más de 20 metros el nivel de agua del lago, provocando una gran catástrofe ecológica. Peor aún terminó el Mar de Aral en las estepas vecinas de Asia, que ha llegado a desaparecer. El desgraciado proyecto se abandonó cuando murió Stalin. Todavía hoy no se ha conseguido recuperar el nivel original del agua. Los dos monasterios más destacados de sus orillas estaban originariamente en lo alto de una pequeña isla, que más tarde se convirtió en península y hoy continúa así todavía.

La fauna sufrió serios problemas. A duras penas se recupera la autóctona trucha de Seván (tan sabrosa…)tras la introducción de otras especies “más productivas”, pero los muflones y los leopardos hace tiempo que ya desaparecieron. Sin embargo algunas bandadas de “gaviota armenia” todavía alegran la vista a turistas y domingueros de playa.

Comemos en un restaurante tan hortera e impactante que sería digno del mismísimo Jesús Gil. Las tiendas de recuerdos, profanos y religiosos, no le van a la zaga. En realidad esto nos devuelve a nuestra España del toro, la sevillana de plástico…y el porompompero.

Autor: Jesús Eloy García Polo

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