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Jordania (8): Petra ¡fascinante!

Hay una carretera que recorre el Mar Muerto de norte a sur. Una orilla es de Israel, la otra de Jordania. Justo al otro lado, apenas a 20 kilómetros en línea recta, está la ciudad de Petra. Pero hay que recorrer casi 200 kilómetros hacia el sur, para desandarlos luego hacia el norte, por una carretera paralela en el otro país. Tras pasar una noche en el Golfo de Aqaba, donde en un estrecho pico del Mar Rojo se unen las fronteras de Israel, Egipto y Jordania, nos hemos encaminado hacia la perdida ciudad de Petra, en el desierto jordano. Es uno de esos lugares que, a pesar de conocerlos por fotos y documentales, te dejan paralizado cuando los descubres ante tus propios ojos. Y además piensas… es más maravilloso aún de lo que me había imaginado.

La encontramos en una estrecha garganta de unos dos kilómetros de larga, a veces muy estrecha y siempre sinuosa. Está formada por la erosión del agua sobre la piedra arenisca a lo largo de millones de años. Es una piedra rosa pero coloreada por diversos minerales filtrados. Con el efecto de la luz y, en función de las horas del día, adquiere unas tonalidades increíbles, que son un auténtico reto para los fotógrafos. A primera hora la luz era muy dura, con unos contrastes imposibles. Poco a poco ha ido suavizándose hasta permitir un sinfín de tonalidades que reflejan la maravilla de esta garganta única.

El pueblo de los Nabateos se mantiene como un misterio histórico, que apareció de repente con esta civilización de alto nivel social y tecnológico. En el cañón han descubiertos señales de estar habitado desde hace diez mil años. El guía nos ha comentado que la singularidad de esta ciudad se debe a tres razones: que estaba en el paso del comercio de las caravanas entre tres continentes (África, Asia y Europa), que era muy fácil de defender por ser un desfiladero y que su blanda piedra arenisca permitía todo tipo de trabajos de manera sencilla. Así fue surgiendo en la historia esta ciudad-estado que se mantuvo independiente durante varios siglos. En el S. III a.C. ya era rica y conocida porque controlaba el paso de las caravanas hacia Siria y los puertos del Mediterráneo.

Construyó tumbas y templos bajo la influencia del periodo helenístico. Su esplendor y la probable construcción de su edificio emblemático, conocido como El Tesoro, datan del siglo I a.C. Se suponía que en un ánfora de la parte superior reposaban las cenizas de un faraón con su gran tesoro. Ahora se sabe que es la tumba de uno de los reyes que hizo grande a esta ciudad. La cámara con los restos se encentraba ocho metros bajo el nivel actual del suelo. Hace poco se ha excavado, descubriendo que las riadas y los sedimentos han subido el nivel del suelo de hace dos mil años, ocultando muchas construcciones. Existen decenas de tumbas de este tipo y otras excavadas más altas o con diferentes planteamientos arquitectónicos. Al final hay una ciudad grecorromana, con su gran templo, paseo de columnas y el teatro.

Los reyes nabateos basaban su poder en la diplomacia, como buenos mercaderes. Así rechazaron varios intentos romanos de conquista pero al final Petra terminó formando parte del Imperio y aparecieron obras típicas de la ingeniería romana, sobre todo en las conducciones de agua, arcos y calzadas.

También hay alguna construcción primitiva cristiana. Después, la ciudad de Petra deja de pertenecer a la historia y pasa al terreno de las leyendas. En todos estos desiertos que limitan con Arabia se mantuvo por siglos la leyenda de una maravillosa ciudad antigua, perdida entre estas sinuosas gargantas que ya nadie recorría. Transcurrieron más de mil años hasta que un explorador suizo consiguió reencontrar Petra en 1812. De la misma forma se encontró Angkor Wat, cincuenta años después. Y cincuenta más tarde…Machu Picchu.

Podemos considerarnos privilegiados por haber recuperado todos estos testigos olvidados de la historia y poder disfrutar de sus maravillas. Siempre son una buena lección en tiempos convulsos, cuando nos creemos eternos. Todo pasa, decía Machado. Todo fluye, decía Heráclito.

Autor: Jesús Eloy García Polo

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