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Nueva Zelanda (8): Jesús Eloy García donde la tierra se acaba

Íbamos conduciendo hacia el sur de la Isla Sur, donde la tierra se acaba y …más allá solo está la Antártida. La tarde iba cayendo y decidimos quedarnos en este pueblo de nombre tan maorí y tan curioso. “Nunca he estado en Tuatapere”, pensé cuando llegábamos por la carretera-calle principal. Está considerado como la puerta de Los Catlins, la región más al sur y más despoblada y salvaje de esta isla salvaje. Poca gente llega hasta aquí porque solo hay una carretera de acceso y todo lo demás son pistas en mejor o peor estado. Sin embargo es una región muy interesante y está considerada como el paraíso de los fotógrafos. Así lo podemos comprobar a cada momento.

Los Catlins era la zona donde los maoríes cazaban el moa, una gran ave tipo avestruz, que por su primitiva inocencia ante los cazadores quedó extinguida en torno a 1700. Algo parecido a lo ocurrido con el dodo en las Islas Mauricio. Después todas estas costas pasaron a ser zona de caza de ballenas, de focas y lobos marinos. Aquí se estableció entonces el primer asentamiento europeo en Nueva Zelanda.

En Tuatapere presumen de su historia. Tambien de su presente dedicado a la caza de ciervos y a la pesca de whitebait, alevines tipo angulas, en el estuario del río. Sin embargo la riqueza principal en estos días procede de las ovejas. En cada esquina aparece este mundo rural de gente que vive en el campo lejos de todo y que organizan competiciones de esquileo o de salchichas del país, del que poseen el primer premio. ¡Realmente buenas las salchichas de cordero con toque especial de Tuatapere!

Bosques petrificados.

No podía faltar el pub del pueblo con su música country en vivo poniendo fondo a las conversaciones de los jóvenes que se acercan a tomarse unas pintas y a echar una ojeada a las chicas del lugar, que hablan tranquilamente en otras mesas. A nosotros nos parece el lugar más representativo de esta Nueva Zelanda campestre y ganadera, que no aparece en los folletos turísticos.

Definitivamente Los Catlins son diferentes. Cuando iniciamos los recorridos por la costa vamos de sorpresa en sorpresa. Aparecen playas increíbles, solitarias, vacías, junto a acantilados de postal. Llegamos a una zona llamada Las cuevas Catedral, por la inmensidad de las bóvedas rocosas que ha excavado la erosión de las olas. Hay marea baja y podemos acceder sin problemas, porque ocurre lo mismo que en la Playa de Las Catedrales en Lugo. Siempre hay que estar con un ojo en la marea. Luego encontramos en otra playa todo un bosque de hace cien millones de años petrificado sobre las arenas y las rocas. Los troncos mantienen sus formas y rugosidades de cuando una vez fueron madera.

Junto a las playas hay grandes extensiones de bosque original de “Podocarpo”, un conjunto de especies arbóreas que han llegado del Jurásico hasta nosotros, conocidas por sus extraños nombres maoríes : kahikatea, rotara, rima, miro…Este bosque nativo , que esconde ruidosas cascadas, nos acompañará en muchos recorridos por Los Catlins, aunque está desaparecido en buena parte. Durante todo el siglo XIX fue la zona más maderera del país con más de 30 sierras cortadoras en funcionamiento.

Desgraciadamente fueron muy eficientes y hoy predominan las grandes praderas dedicadas a las ovejas merinas, las famosas ovejas castellanas cuya lana sembró de riqueza toda Castilla en la Edad Media. Por entonces estaba rigurosamente prohibida su exportación y hasta el siglo XVIII no salieron las primeras merinas de España. Fue con Felipe V, tras la Guerra de Sucesión (la recordada y reinterpretada por los catalanes) cuando el rey regaló varios ejemplares a su pariente francés que le había apoyado en la Guerra. De ahí pasaron a Inglaterra y después fueron enviadas a Australia y Nueva Zelanda que empezaban a ser colonizadas.

Esas ovejas, merinas castellanas, producen hoy el 80% de la lana de todo el mundo en estos dos países tan lejanos. La raza está muy mejorada y seleccionada por supuesto, para dar hasta 15 kilos de lana por cabeza. “Merino” es la marca comercial de prestigio, muy cara y de calidad inigualable. He leído que anda por aquí un profesor de la Universidad de León haciendo estudios para ver la posibilidad de reintroducir en nuestros páramos pelados las nuevas merinas, mundialmente conocidas. Terreno no nos falta, gente necesitada de trabajo tampoco…ni locos sueltos…, proyectos?, posibilidades?, podríamos recuperar el tiempo y las ocasiones perdidas?

Cuando andamos por la carretera nos llama la atención el comportamiento de estas ovejas. No forman los tradicionales rebaños. Se desparraman por los inmensos pastizales cada una “ a su bola”, como si estuvieran enfadadas. No hay pastores, ni perros, ni chozos para refugiarse de las tormentas. Pero hay otro tipo de poesía en la soledad y la tranquilidad de estas tierras de los mares del sur.

Autor: Jesús Eloy García Polo

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