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Transiberiano (7): El lago Baikal

Dia 7:,La joya de Siberia: Lago Baikal 10 de agosto

Dejamos el tren a las ocho de la mañana. Nuestros cuerpos no han asimilado aún las cinco horas de diferencia con Moscú y siete con España. Dos conductores suicidas nos han acercado los 70 kilómetros que nos separaban del Lago Baikal. Eran de Azerbaiyán, de carácter simpático y amigable, muy diferentes de los rusos.

El Baikal se nos aparece majestuoso e impresionante. Sus aguas suponen el 20 % del agua dulce del planeta. Tiene 600 kilómetros de largo por 60 de ancho. Y lo más llamativo: más de 1.600 m. de profundidad. Es el más antiguo del planeta y seguirá creciendo hasta dividir Siberia en dos. Es un ecosistema único por su flora y por su fauna. Lo más característico son las nerpas, unas simpáticas focas propias del lago, sobre cuyo origen los científicos no se ponen de acuerdo, ¿de dónde vinieron, si el mar está tan lejano?

El pez más conocido es el omul. Por todas partes están ahumando y secando los peces, que son más grandes que las truchas. Es el plato típico en las orillas del lago. Al atardecer vemos grupos familiares, amigos, románticas cenas de parejas comiendo omul y, por supuesto, acompañado de vodka o de cerveza. Nos alojamos en una casita verde, de madera, una casa rural diríamos. Inna, la dueña, se esfuerza en ser simpática y acogedora. Nos prepara una cena rusa con pescado del lago. Para beber, simplemente nos deja dos botellas de vodka y un paquete de zumo. Este pueblecito, Littsvyanka, junto al lago es un reflejo de todas las Rusias.

Encontramos casas cuidadas y encantadoras junto a calles que parecen auténticas favelas de Río. Hay rincones románticos en la orilla del lago junto a basuras amontonadas, escombros y casas derruidas o abandonadas. Encontramos un moderno todo terreno junto a una vieja moto con sidecar hecho de madera. Este pueblo pasa por ser el Benidorm de Siberia y es un muestrario de las contradicciones de una Rusia que crece y se desarrolla como un monstruo deforme.

Cuando los dioses, al principio de los tiempos se repartieron las zonas de la tierra, Siberia se la dejaron a los dioses que debían estar un poco despistados en el reparto. Y esos dioses tienen esta zona muy dejada y abandonada. Por cierto, no hemos visto ninguna iglesia en todas las aldeas a lo largo del recorrido en el tren. Aquí tampoco hay. Los nuevos dioses, Putin y el petróleo, siguen viendo este inmenso territorio como un gran almacén de recursos, que no necesita mucho cuidado.

A nosotros nos parece una joya en bruto. Algo para cuidar con mimo. Un ejemplo: se está construyendo con voluntarios internacionales todo un recorrido de camino a pie que dará la vuelta al Lago Baikal. Un “Camino del Baikal» de más de 2.000 kilómetros. Este camino visitará parajes y rincones que apenas conocen la huella humana, tierras de osos, de flores y plantas únicas. Cada verano cientos de voluntarios cogen motosierra, pico y pala para hacer crecer este camino. Ahora están trabajando en esta zona. Son el símbolo de una Siberia abierta a todos.

Hoy comento

Dejamos el tren con pena y con un “hasta luego”. Habíamos disfrutado y vivido mucho más de lo que hubiéramos imaginado. Un “simple” viaje de tren nos ofreció una amplia panorámica de Siberia. En el tren se palpaba la vida de la gente. Había de todo tipo y condición, porque este tren, esta vía, con todos sus servicios, es el medio de comunicación de millones de km cuadrados.

Luego he visto documentales sobre otros trenes míticos, pero se han quedado en puramente turísticos. El Transiberiano continúa siendo un tren vivo y lleno de vida. Pienso en los famosos trenes australianos que recorren el continente de sur a norte y de este a oeste, el Ghan y el Indian Pacific. Allí solo viajan turistas y jubilados que buscan tranquilidad y que se lo den todo hecho. No hay paisaje humano. Es como un gran museo, para comer y beber sin medida. Nada de eso hay en El Transiberiano. Es el medio de transporte de todas estos pueblos y ciudades que surcan esta ruta de 5000 km. que acabábamos de recorrer.

Llegamos al Lago Baikal y nos dejó cautivados por su serena belleza. Es todo un mar, con sus olas y su brisa. La mayor parte del año permanece congelado. En agosto las aguas apenas llegaban a 12 grados. Quisimos comprobarlo y solo pudimos mojarnos hasta las rodillas. Nadie se bañaba a lo largo de una playa alegre y variopinta. Había parejas románticas, señoras con alegría vodkiana, bastantes invitados borrachos que acompañaban a unos novios alegres, había tenderetes, música, comidas…

Allí por fin probamos el omul, el pescado ahumado típico del Baikal, pero que se extiende por toda Siberia. Estaba exquisito, jugoso y sabroso porque los estaban ahumando en directo. Es la mejor forma de conservar aquí el pescado en ese tiempo en que el congelador natural no funciona. Hicimos un pequeño tour en barco por el lago. Nos llamaba la atención el silencio, la serenidad y la tranquilidad comparadas con los ajetreos del viaje en el tren.

Ahora, cuando veo documentales sobre el Lago Baikal, me dejo llevar por esas aguas tan relajantes y siempre pienso en cómo será todo aquello, congelado y hostil durante el largo invierno. Hoy lo recordamos como lo más seductor de toda Siberia.

Autor: Jesús Eloy García Polo

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