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Colores de Bretaña y Normandía (6)

  • Abadía de Hambye

Deambular es la mejor manera de viajar (Javier Reverte)

Andanza 6

Estamos ya en el límite entre la Bretaña y Normandía. Fueron tierras de construcciones de abadías entre los siglos XII y XIV que contribuyeron  a organizar la sociedad medieval de la mano de los monjes, de los nobles y de los reyes. Sirvieron de apoyo para constituir el régimen feudal en una sociedad agraria, con sus vasallajes, sus guerras, sus nobles y sus villanos. 

Nos encontramos primero la  Abadía de Lehon que comenzó a ser levantada en el año 850 con el apoyo del rey de Bretaña, Nominoe. Los señores sucesivos fueron dotando ricamente al monasterio que guardaba las reliquias se San Maglorio y así lo engrandecían como lugar de peregrinación. La mayor parte de la obra que vemos es de origen románico, aunque fue sumando elementos en cada época, hasta que quedó semidestruida y abandonada con la Revolución Francesa. 

Un poco más allá, la Abadía de Hambye tuvo un devenir parecido. Hoy el templo es un conjunto de bellas ruinas consolidadas, visitables y sugerentes que nos van contando la historia de esta potente abadía. La estructura limpia y desnuda parece una lección de la arquitectura románico-gótica. Se mantienen en pie unas cuantas dependencias como la sala capitular, la cilla, la sala morturia o el calefactorio, donde los monjes acudían a calentarse, o el lagar, donde se hacía la sidra. Esta gran abadía controlaba otras más pequeñas, prioratos e iglesias varias, tanto a este lado del Canal de la Mancha, como en Gran Bretaña. Tanto poderío fue decreciendo por diversas razones, como la relajación de la regla benedictina o la pérdida del favor político. Cuando llegó la Revolución de 1789 ya solo quedaba un monje. Aún así fue destruida…

 Cada país tiene sus épocas en que se lanzan contra las construcciones religiosas como símbolos de un poder social enemigo u opresivo que se quiere destruir. Los cartagineses derribaban los templos griegos, los cristianos demolían los templos romanos, los españoles echamos abajo los templos incas y aztecas, los anglicanos las abadías católicas… así ha continuado la historia hasta que vimos a los talibanes musulmanes derribar los Budas pétreos de sus desiertos. Todos dijimos que eran unos bárbaros. Nada nuevo bajo el sol.

Mont Saint Michel.

Nos vamos acercando a Saint Malo y enseguida comprendemos que nos espera una enorme ciudad que nos despierta de nuestro ensueño rural de la Bretaña. Hoy tiene 50.000 habitantes, pero ahora en verano pasa de los 200.000. Llegamos por el puerto y contemplamos el espectáculo del gran recinto histórico, todo amurallado, con defensas de épocas diversas, porque siempre ha necesitado defenderse.

Paseando por el puerto nos encontramos con la reproducción de un barco corsario visitable que ya nos dice la razón de la grandeza de la ciudad. Históricamente ha sido el típico enclave de corsarios que han contribuido al crecimiento de la ciudad, aprovechando su situación estratégica.  Después de aclararme un poco ya he comprendido que los corsarios actuaban  de manera legal con una carta o “patente de corso”, concedida por un gobierno. Su tarea consistía en atacar, asaltar y hundir las naves enemigas en tiempos de guerra. En cambio los piratas operaban en beneficio propio tanto en tiempo de guerra como de paz. En lenguaje actual, el primer sistema era terrorismo de Estado y los segundos eran grupos terroristas incontrolados. Pero cuando ya me he aclarado me vienen a la mente nuevas palabras: ¿y qué eran los bucaneros o los filibusteros?  A mirar la Wikipedia…Esta buena gente trabajaba en el Mar Caribe. Los primeros reciben su nombre porque comenzaron vendiendo a los barcos pieles y “bucan”, carne asada, para abastecerse. Extendieron sus actividades atacando ciudades costeras y barcos con jugosos cargamentos, al igual que los filibusteros, que asaltaban y robaban sin ningún amo a quien servir. Los barcos españoles eran el objetivo principal porque siempre iban con buenos abastecimientos o con los preciados metales americanos. 

En el caso de Saint Malo, el objetivo de los corsarios eran los barcos ingleses y holandeses aunque, cuando se inició el comercio con América, también extendieron allí sus lustrosas actividades. Pero sigamos andando por las calles de Saint Malo que su historia continuó y en el siglo XIX pasó a convertirse en uno de los primeros lugares turísticos de Europa por sus balnearios, su emplazamiento y su cercanía a París. A los ecos tan románticos de Saint Malo contribuyó el nacimiento en la ciudad del poeta y novelista Chateaubriand, que está enterrado en una isla frente a las murallas. Seguimos andando tranquilamente por las calles con la certeza de que el 80 por ciento de lo que vemos se ha reconstruido tras los grandes bombardeos de la II Guerra Mundial. También la catedral, una auténtica joya románico-gótica, sufrió importantes derrumbes que tardaron varias décadas en ser reparados. Hoy la catedral de San Vicente es un nido de tranquilidad en medio del estruendo turístico de las calles. Hemos tenido la suerte de  hacer la visita disfrutando de la música del gran órgano barroco que en ese momento alguien estaba tocando.

Sin embargo lo más espectacular de la ciudad son los paseos por sus murallas frente al Océano Atlántico donde se dibujan islas y fortalezas varias que nos siguen hablando del papel histórico, no precisamente turístico, de Saint Malo. Con la marea baja se puede llegar al Fuerte Nacional en Petit Bé y a la tumba de Chateaubrian en Gran Bé. Pero nos conformamos con pasear por la playa y contemplar los extraños grupos de troncos de roble que sirven de rompeolas, previos a las murallas, frente a las fuertes olas del océano. No hay que olvidar que estamos en uno de los lugares con las mareas más fuertes de Europa.

Terminamos el día en Cancale, la patria de las ostras. Ya teníamos ganas de asomarnos a estas playas vacías de bañistas pero llenas de los deliciosos frutos del mar, como los llaman los franceses. Al llegar vemos unos pocos criaderos de ostras, pero, según se aleja la marea, van apareciendo cientos de estructuras que son el mayor y más afamado lugar de ostricultura de Francia. El paseo está lleno de puestos de ostreros con los nombres propios del lugar y sus mejores ofertas. Enseguida nos olvidamos de alguna mala experiencia que hemos tenido con las ostras y nos sentamos con nuestra bandeja de ostras y nuestra botella de vino. Recordaremos siempre que en Cancale, en la playa, una bandeja con doce ostras… ¡costaba 7 euros!. No me dejaron repetir. ¡Ay, el ácido úrico! El día anterior habíamos pagado 16 euros por media docena. Carpe diem. Aprovecha el momento. 

Autor: Jesús Eloy García Polo

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