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Patagonia (6): Sinfonía de agua y verdes

El “Ventisquero Colgante”

Disfrutamos del desayuno que nos prepara don Nibaldo y con mucha tranquilidad nos damos un paseo por Cerro Castillo, entre sus bellas construcciones de madera,  antes de lanzarnos a la carretera.

Avanzamos por una sinfonía de agua y de verdes. Estamos en una de las zonas más lluviosas del planeta. Los inmensos y variados bosques dan buen testimonio de ello. Los vientos húmedos del Pacifico ascienden la cordillera de Los Andes descargando toda su humedad, en esta vertiente chilena. Constantemente hay rincones que nos invitan e incluso nos obligan a detenernos y echar una mirada a nuestro alrededor para ser bien conscientes de los lugares tan maravillosos que estamos recorriendo. Llueve, pero es poco el precio a pagar por estar en estos lugares. 

Paramos en un mirador espectacular, en una cascada, el Velo de la Novia, que casi nos hace olvidar la belleza anterior. Otro mirador, otra cascada. En la última nos encontramos con uno de los ciclistas que nos cruzamos haciendo la ruta de la Carretera Austral. Es increíble la voluntad de estos hombres por estas carreteras y bajo estas aguas. Pero a Juan lo vemos tan feliz, a pesar de ir bastante calado, porque lleva toda la mañana pedaleando bajo el agua. Contento porque ha superado ya la Cuesta de Queulat, que es el Tourmalet de la ruta. Son veinticinco kilómetros de subida constante sobre una horrorosa carretera de tierra y baches.

Nosotros ahora nos dirigimos hacia allá porque estamos haciendo la ruta de sur a norte, en sentido inverso a lo habitual. Lo decidimos así para no recorrer el extremo sur con tiempo demasiado frío. Aún así nos nevó.

Nos acercamos hasta Puerto Aysen, en la costa. Aquí pasamos la noche. Otro bonito pueblo con todo su caserío construido en madera. Se ve que aquí no es cara, aunque están muy controladas las cortas. Llegamos hasta el verdadero puerto marino que está en Chacabuco, soñando con encontrar un pueblo de pescadores con sus tabernas y sus pescaditos. Nada de nada. No existe más que una gran factoría de pescado surtida grandes y feos buques como el que vemos atracado. Aquí no hay poesía ni narrativa para contar. A cenar bacalao a otra parte…

Al día siguiente nuestro simple programa nos encamina a la Cuesta de Queulat. Vamos un poco preocupados porque es una subida mítica. Pero en sentido inverso no es tan preocupante, porque la mayor parte es bajada. Debemos parar cada vez que nos cruzamos con un trailer pero nada comparable a lo que recorrimos bordeando el Lago Buenos Aires. Los paisajes siguen siendo de un verde invasivo. Apenas conocemos un par de especies de estos árboles. Es una pena, porque la variedad es infinita. Para nosotros todo es nuevo.

Es un bosque de clima húmedo templado-frío. Destacan los árboles de la familia de las hayas, notofagáceas aquí, como el raulí, lenga, cohiue o ñirre. También hay coníferas como el pehuén, el lipain, el ciprés de Guaitecas o el alerce patagónico, que lo veremos en todo su esplendor en el Parque de Pumalín. Es imposible retener estos nombres, tan extraños para nosotros.

Llegamos a la entrada al Parque Nacional Queulat. Es uno de los lugares destacados de toda la ruta por el conocido “Ventisquero Colgante”, un gran glaciar colgado en una precipicio impresionante. Hacia allá vamos. Cruzamos el río glaciar por una pasarela colgante que parece muy endeble ante la barbaridad del agua y del ruido. Toda la subida es una auténtico regalo para los sentidos, sobre todo para la vida. Pero no para los pies. Es dura aunque no demasiado larga. Unas tres horas. Siempre vamos rodeados por un bosque omnipotente y con el sonido constante de cascadas de agua. Las raíces que se alargan por el sendero ponen a nuestros pies una escultura preciosista. Pero tenemos que andar con mucho cuidado. Con la humedad todo está muy resbaladizo.

Vamos preguntando siempre “¿cuánto falta?” Y comprobamos que todo el mundo miente por piedad. En un recodo, cuando levantamos la mirada, sin previo aviso aparece ante nosotros el gran valle con la gran pared y el Ventisquero Colgante al fondo. Nos quedamos sin habla. Es un mirador pequeño y las seis u ocho personas que allí estaban guardaban un silencio casi religioso. Cuando alguien se entretenía en hacer algún selfie parece que debía solicitar permiso a la propia naturaleza para no romper la magia del lugar. 

El glaciar ejerce una atracción hipnótica. El valle es amplio. Hay muchos sitios para dirigir la mirada pero todas las tomas de video concluyen en el seductor Ventisquero Colgante. 

Mientras estamos ensimismados vemos que ocurre algo… un gran lienzo blanco se mueve en silencio en el frente del glaciar. Alguien dice “¡es un desprendimiento!”. Todos miramos, Nadie tiene el móvil o la cámara dispuesta. A los pocos segundos se oye un estruendo ensordecedor que va recorriendo todo el valle. Es entonces cuando consigo hacer unos disparos con la cámara. Demasiado tarde. Caemos en la cuenta de que nos encontramos muy lejos del glaciar y que el sonido tardó un tiempo en llegarnos. Luego nos dirá un guarda que desgraciadamente son bastante habituales estos grandes desprendimientos. El glaciar está retrocediendo.

Nos quedamos allí un buen rato que aprovechamos para comer un bocata con las vistas más maravillosas del mundo.

La bajada es dura y peligrosa por la humedad de todo el piso. No tenemos prisa. Al llegar abajo nos acercamos hasta la orilla de la laguna formada al pie del glaciar. Aparece un guarda que anda recogiendo gente porque a las cuatro se cierra el recorrido. Nos comenta que hace un siglo el glaciar llegaba hasta el mar, a unos ocho kilómetros pero el retroceso constante lo ha dejado allá arriba colgado con una belleza singular, cambiante y efímera.

Seguimos nuestra ruta hacia el norte. Sale el sol ¡Qué alegría! Llegamos a Puyuhuapi donde encontramos un agradable hostal. Es el pueblo más bonito que hemos visto hasta ahora. Tiene un pequeño puerto con sus barquitos al fondo de un fiordo precioso. Paseamos. Tomamos una cerveza mirando al mar, pero no encontramos pescado para cenar. Nos arreglamos con otros buenos guisos. ¡Qué lugar tan tranquilo! Es un pueblo de colonización alemana y todas las calles tienen nombre alemán. Se ve que se quedaron con el mejor rincón de estas soledades.

El día siguiente es también para la tranquilidad. Disfrutando de estos bosques increíbles llegamos hasta nuestro destino siguiente, La Junta. Otro pueblo de construcción reciente, en cuadrícula, con todas las casas de madera, incluida la Iglesia, por supuesto. 

Esta zona es famosa por los diferentes lugares con aguas termales. Hemos reservado en uno que está bastante perdido en el bosque, a unos 30 kilómetros. Nos cuesta llegar. Esto es lo que nos pedía el cuerpo desde hace días. Hay cuatro coquetas piscinas habilitadas. Es para poca gente. Y además es muy barato. Nos entregamos a la paz del lugar y dejamos que el mundo siga funcionando por su cuenta.

Autor: Jesús Eloy García Polo

Muévelo

1 Recado

  1. Sencillamente GENIAL

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