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Patagonia (4): Por la Ruta 40

Por la Ruta 40 y otras soledades

 Dejamos la zona argentina de los glaciares y tomamos la Ruta 40 en dirección norte con la intención de llegar hasta el pueblo de Perito Moreno. Desde allí volveremos a cruzar a Chile. Durante la noche ha estado nevando y dejamos El Calafate con mucho frío y lluvia. Aquí todavía es verano. Dicen que no es normal que nieve tan pronto. Pero esto es la Patagonia.

Enseguida desaparece la vegetación y la carretera nos vuelve a adentrar en la estepa. Sigue lloviendo bastante y el viaje se abre a  la melancolía. Apenas nos cruzamos con nadie y decidimos parar en  lo que don Quijote llamaría una venta. Es el hotel la Leona. Un lugar con gente muy amable, ideal para tomar un café, comprar recuerdos, charlar y recabar información. Nos describen los primeros rasgos de este solitario tramo de la Ruta 40. Por delante están los llamados “73 kilómetros malditos”. Nos asustamos un poco pero nos anima comprobar que, por ahora, la carretera tiene muy buena pinta.

Sigue habiendo muchos guanacos, estos parientes patagónicos de las llamas. Vemos algunos atropellados y otros atrapados y muertos en las vallas de alambre de espino. Nos acercamos, ¡qué muerte tan lenta y dolorosa!. Amigo, es la propiedad privada. Así somos en el mundo capitalista, aunque los guanacos no lo sepan.

Al atardecer llegamos a Tres Lagos y buscamos un hostal para pasar la noche, después del frío y la nieve de la noche anterior. Aquí conversamos con tres parejas de jubilados argentinos que nos van dando noticias sobre los kilómetros que nos esperan. A causa de tantas lluvias “los 73 kilómetros malditos” deben de ser un barrizal por sus características arcillosas. Los argentinos dudan sobre continuar su viaje por el norte de la 40. Sigue lloviendo. Por la mañana hablamos con el Puesto de Policia, que está enfrente. Nos dicen que no ven demasiado problema… aunque no saben de nadie que haya cruzado. Nuestra tarjeta de móvil solo funciona en Chile y, por tanto, vamos incomunicados si no hay wifi. Nos acercamos a la gasolinera donde preguntamos a los que encontramos. Unos trabajadores de Obras Públicas nos lo ponen bastante feo “es una zona de mucho barro y, si te quedas atrapado, nadie va a ir a socorrerte hasta que se seque…”. Otro conductor que ayer pasó con un 4X4 nos lo desaconseja totalmente. ¿La alternativa? Vuelta atrás para dar un rodeo de dimensiones casi bíblicas, llegando hasta Rio Gallegos, en el Atlántico, para subir por la costa y luego volver a cruzar todo el país para llegar a unos 100 kilómetros al norte de donde ahora nos encontramos. En total una vuelta de más de 1000 kilómetros…Como si de Madrid a Guadalajara fuéramos por Sevilla, Almería y Valencia. Así de inmensos son estos territorios.

Estamos en un viaje donde traemos diseñadas las líneas generales, carreteras y lugares a visitar. Lo demás queda para el día a día. No llevamos un estricto calendario. Nada que ver con los viajes superprogramados de ahora, donde todo está previsto y controlado. Pero tampoco estamos en una salvaje aventura. Esta manera de viajar exige tomar bastantes decisiones y aprender a disfrutar de los imprevistos que pueda ofrecer el camino.

Nos decidimos por retomar la Ruta 40 en dirección contraria con resignación y buen ánimo. Viajamos bastante tiempo en dirección sur hasta que la carretera se orienta hacia el océano Atlantico, recorriendo la inmensa provincia de Sta. Cruz. Conducimos de gasolinera en gasolinera. Algo de comer, unas cocacolas y a seguir. Disfrutamos de unos paisajes y de unas soledades increíbles. Apenas nadie viene por aquí. El mundo turístico se mueve en avión para estas distancias. Nuestra espartana furgoneta no nos permite grandes velocidades. Mori, con trabajo de copiloto, escanea constantemente la presencia de guanacos a ambos lados de la carretera. Constituyen un peligro grande. Son monocromáticos con el paisaje agostado. A veces nos obligan a detenernos y aprovechamos para fotos y vídeos.

Nos quedamos en Piedras Buenas, un bonito pueblo-ciudad en las riberas del caudaloso río Sta. Cruz, que viene desde los glaciares, cruzando estos secarrales. Es un pueblo que mantiene el espíritu y el recuerdo de los pioneros del S. XIX. Hay muchas construcciones históricas y tanto el urbanismo como los cuidados y detalles urbanos nos hacen ver que estamos en una zona rica. Por todas partes encontramos esculturas, murales o detalles históricos. Hay grandes yacimientos de petróleo y de gas en la zona que han revitalizado la economía de estos lugares tan extremos. El gas es muy barato y las calefacciones están a tope. ¡Qué gozada para nosotros!

Hacemos del Pub “Nano” nuestro hogar. Parece un típico pub irlandés con buenas comidas a cualquier hora. Las botellas de cerveza son de litro y nos dan para dos buenas pintas.

Casi todos los nombres de calles son de políticos y militares. Eso ayuda a entender un poco la idea que tienen de país. La historia la han escrito los militares. Ellos han conquistado, han batallado, han construido el país y han destruido a los enemigos… Así comprendemos un poco mejor el presente argentino, tan rocambolesco. 

Argentina es un país muy rico y pienso que si se organizaran bien podrían ser como Noruega o Australia. Pero la historia es diferente. Parece que han heredado lo peor de los españoles y de los italianos. ¿Cómo se explica que cada 20 años provoquen un desastre económico donde el dinero público desaparece y se vuelve a castigar a los de siempre? Pero el fútbol lo suaviza todo. Es el gran Bálsamo de Fierabrás y hace olvidar todos los saqueos, las corrupciones y los desmanes. Es un país enfermo de fútbol, que dice mi amigo Javier.

De mañana volvemos a la carretera. El viento parece más fuerte aún. Hay que circular por el centro de la calzada sujetando bien el volante para aguantar las fuertes rachas de viento que nos echan casi fuera del pavimento. Si lo hay. Los guanacos continúan siendo nuestra única y peligrosa compañía. Vemos zorros, algunas rapaces y a veces ñandús, la avestruz patagónica. En un momento tenemos que frenar a tope para no atropellar a un armadillo, que cruzaba tranquilo la carretera. Son animales simpatiquísimos con su coraza de protección. 

La belleza de este paisaje tan estepario nos anima a disfrutar de esta ruta imprevista. La gasolinera de Bajo Caracoles es un lugar aún más extraño de los que hemos conocido. Todo está plagado de pegatinas, como recordando a los peculiares viajeros que llegaron hasta aquí. La tienda es un auténtico museo-almacén de cualquier cosa necesaria en una ruta tan alejada de  los circuitos del comercio habitual. La gestionan dos señoras que hacen muy encantador el rato que se pasa allí. Nos preparan platos, bebidas, venden recuerdos, dan conversación, explican los problemas de los kilómetros siguientes. Todo esto es lo que estamos perdiendo con el mundo digital. Un día habrá aquí una gasolinera con autoservicio y una pantalla interactiva para decir dónde estás y adónde puedes ir.

Tomamos un desvío de 38 kilómetros de ripio feo  para visitar la Cueva de las Manos. Es Patrimonio de la Humanidad  y se presenta como un rincón único e inigualable de pinturas prehistóricas. Aquí no se habla de “La Capilla Sixtina de…” porque eso es un lenguaje europeo y colonial.

Las pinturas se encuentran repartidas por las paredes de un barranco llamado Cañadón del río Pinturas, bajo salientes pétreos que las protegen del sol, del viento y de la escasa lluvia. Se mantienen sus tonos vivos y la conservación es perfecta debido al clima extremadamente seco de la Patagonia argentina. Las pinturas más antiguas están datadas en unos 9000 años de antigüedad. Fueron consideradas las más antiguas de Sudamérica pero están apareciendo nuevas pinturas en Brasil y Colombia que se retrotraen hasta hace 15000 años. Todas estas pinturas han vuelto a reescribir la historia del poblamiento de Sudamérica. Cada vez se mira más atrás. También en Chile veremos pinturas de este tipo.

Hay tres tipos de pinturas. Las más antiguas están constituidas por escenas de caza de guanacos, principal sustento de los antiguos pobladores. El grupo de pinturas de las manos son posteriores, realizadas entre hace 5000 y 2000 años de manera continuada, en diferentes épocas. Las más recientes son series de dibujos geométricos que parecen los precedentes de los típicos diseños andinos que muestran los pueblos actuales. Pero sin duda los más impresionantes son los conjuntos de manos, extendidas por diversos paredones, aparentemente de forma aleatoria. ¡Hay más de 800 manos! Pero no están pintadas, sino estarcidas con algún tipo de aerosol o impresas directamente con pintura en las palmas. Son muy variadas pero la mayoría son izquierdas. A veces tienen tres, cuatro o hasta seis dedos. 

¿Su significado? Ay. Ya lo quisieran conocer los arqueólogos. Como todas las pinturas prehistóricas se supone que están asociadas a rituales relacionados con la caza o ritos de iniciación, ritos de paso o de afirmación de la comunidad. Con la mirada de un turista curioso, todas estas manos abiertas me están diciendo de la forma más expresiva: “¡Estamos aquí!”. Nos dicen que viven aquí desde hace mucho tiempo, que son una comunidad, que ésta es su tierra, que la consideran sagrada y la celebran en sus rituales… Pero un día desaparecieron y dejaron para sus continuadores, los tehuelches, sus testimonios de haber existido y haber convivido con la naturaleza en estos parajes tan bellos y tan extremos.

Después de pasear por estos caminos tan plenos de poesía nos chocamos con la cruda realidad. Nos hemos quedado sin batería en la furgo porque hemos dejado las luces encendidas (en Chile y Argentina son obligatorias). Estamos en el último recodo del mundo. Pedimos ayuda a los guardas y a otros viajeros. Una chica argentina nos tranquiliza, nos dice que no nos preocupemos, que ella se encarga de todo… y así fue. Parece que las manos sagradas que vimos en las paredes se pusieron a conectar gentes, pinzas y en diez minutos ya habíamos arrancado. A veces hay milagros. Lo que era una sensación de seria preocupación se convierte en satisfacción y agradecimiento.

Llegamos a Perito Moreno ya casi de noche. Nos quedamos en el primer lugar que encontramos. Es el Hotel Belgrano. Un edificio antiguo y desvencijado  que conoció mejores tiempos. Parece salido de El otoño del patriarca, de García Márquez. Su dueño es un libanés muy amable. El hotel lo levantó su abuelo cuando emigró aquí. Parece que no ha cambiado ni los lavabos desde entonces. Nos enseña colecciones de fósiles, de minerales , de hachas de piedra y puntas de flecha de excavaciones, suponemos ilegales. Es una zona de gran variedad geológica como hemos visto desde la carretera por los colores de las montañas.

Nos entregamos a un descanso merecido tras un día intenso en la carretera y muy rico en vivencias. Mañana cruzaremos hacia Chile.

Autor: Jesús Eloy García Polo

Muévelo

2 Comentarios

  1. Vivencias increíbles en un lugar que si existe.

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